Déjame que te cuente…. Me llamo Furia, soy de madera de color negro con ojos marrones. Tengo unos ochenta años y estoy jubilado. Mi trabajo me permitía girar por el mundo, visitando un montón de pueblos pequeños y muy hermosos, ciudades grandes y ricas. A veces estaban adornadas a fiesta; la gente tocaba la música, otros bailaban, todos los ciudadanos se divertían. En aquellos momentos yo también me divertí porque los niños se sentaron a mi grupa, en la silla de montar, así que yo les hice dar vueltas y vueltas, acompañado de una música muy suave. Los chicos eran muy divertidos, reían, cantaban gritaban y me incitaban a correr mas rápido. Pero, algunos pequeñitos tenían miedo y lloraron y yo al oírlos me entristecí con ellos. Tenía muchos compañeros que daban vueltas conmigo. Había un cerdito rosa, un poco gordito, pero siempre sonriente. Había un burro gris, con orejas muy largas, un caballo blanco con la silla de montar roja, una carroza de princesa, dorada, había un bote de remos azul, una bicicleta de madera, incluida las ruedas eran de madera y el sillín era de autentico cuero de vaca, había más, una campanilla de hojalata que tenía sobre el manillar. El coche de bomberos de color rojo fuego con una escalera larga y la campana para tocar, para que la gente se apartara de su camino. El compañero a mi derecha se llamaba Dumbo, un elefante enorme, tan grueso que ocupaba mucho espacio, pero a pesar de todo era simpático. De vez en cuando el dueño con sus ayudantes nos limpiaban, nos arreglaban y nos daban una mano de pintura fresca.
Pasábamos muchos años dando vueltas con el carrusel, hasta que murió nuestro dueño. Fue el día más triste de mi vida. Acabó mal, el tiovivo nunca más giró. Después que pasó un tiempo, los obreros empezaron a desmontarnos de la plataforma, nos amontonaron sin cuidado dentro una choza llena de polvo. Ni siquiera nos cubrieron con unos trapos, ni siquiera con un harapo.
Pasaban los días, los meses, los años sin que nadie se ocupara de nosotros, hasta que un día de primavera llegaron varias personas, decididas a llevarse algunos de nosotros para vendernos en una tienda de antigüedades. Todos esperábamos de ser elegidos por estos señores. Yo me puse en pose lo más favorable posible, soñando con una vida más agradable, quizás, pasar mis últimos años en medio de gente cariñosa, de niños alegres que me quisieran. No solo a los chiquitos gustan los juguetes de un tiempo, también la gente mayor puede enamorarse de estos objetos. Mientras tanto las personas interesadas en nosotros, pasaban cada rincón de la choza buscando las rarezas. Yo tenía la impresión de que me habían elegido también a mí. Pasamos un buen rato entre esperanza e incertidumbre, hasta que un día llegaron dos hombres con una camioneta y empezaron a cargar el primero de nosotros: Dumbo, mi fiel compañero. El segundo: el burro de las orejas largas, el tercero: el cerdito rosa, el cuarto: los dos de la camioneta se pararon delante la bicicleta de madera, la inspeccionaban por todos lados. Al verlos actuar me decayó el ánimo y me puse a llorar silenciosamente. Temí que mi destino estaba en quedarme en este lugar desagradable, una cabaña polvorosa, hasta la fin de mis días. Terminado el examen de la bicicleta, no la cargaron, al contrario la cubrieron con un trapo y la colocaron cerca del coche de bomberos rojo fuego. !No, no lo puedo creer! Los dos se dirigieron hacia mí y sin dudar ni un segundo me llevaron consigo. De nuevo me cayeron las lágrimas, lágrimas de alegría. Viajamos un largo rato hasta nuestro destino …. Una tienda de antigüedades. Nos descargaron con cuidado y después de una esmerada restauración nos pusieron todos en el escaparate. Pasado algunos días, vi a un hombre que me observaba a través el vidrio, entró rumbo a mí, pidió algunos detalles al vendedor, sacó el dinero y me llevó consigo. Era un regalo para su mujer que adora los caballos vivos y “muertos”, sobre todo aquellos antiguos. Me hallo en una sala de estar amplia, junto con otros dos como yo, uno mucho más mayor que yo con ruedas, el otro, un caballito de balancín que tiene algunos años menos. Estoy feliz, mi dueña me quiere y… me quita el polvo cada semana.
´┐ŻBien está lo que bien acaba!

E.Z.

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