1875, nos hallamos en la Selva Negra, la cual está blanca en esta temporada, cubierta de nieve. No había huellas de animales, ni ruidos. De pronto se oyó un crujido y pasos pesados rompieron el silencio. A duras penas se adelantaba un trineo de tamaño grande, tirado por un caballo de Frisa, fuerte y majestuoso, mientras a su lado caminaba un hombre joven y musculoso. En las manos, cubierta de guantes gruesos de lana, tenía las riendas. El trineo estaba cargado de herramientas de leñador. Caminaba por el bosque, posando su mirada por todos lados, como si estuviera buscando alguna rareza. Marcharon así por un largo trecho, dejando atrás de ellos la ónica huella de seres vivos en la nieve fresca. De repente, el hombre tiró de las riendas de manera que el caballo se paró frente a un árbol imponente, una encina. El joven sonrió, le lucían sus ojos azules. “Finalmente hemos encontrado lo que buscábamos desde hace mucho tiempo”, susurró en las orejas de su fiel compañero. Sin dudar ni un segundo, se puso a talar la planta tan deseada. Mientras trabajaba muy duro con hacha y sierra, se imaginaba ver a su hijo con los ojos abiertos como platos al descubrir su regalo bajo el árbol de Navidad. Si, este tocón de madera quería convertirlo en una sorpresa para su hijo de tres años. Aunque hacía mucho frío, cargando el tronco sobre el trineo, sudó la gota gorda. “Todo listo, vámonos” gritó a su caballo, el cual se puso en marcha, tirando con todas sus fuerzas y bufando por la fatiga.
A la vuelta hacia su granja, mentalmente ya estaba trabajando su tocón con cincel, hacha, sierra y lima. Esa misma tarde, a escondidas, iluminándose con un candil, se puso a transformar el trozo de madera. Cada momento libre le dedicaba un largo rato a su obra maestra, viéndola crecer a diario: el cuerpo, la cabeza, las piernas, las orejas, las ruedas. Su querido caballo debió sacrificar un mechón de crin. Terminada la parte de carpintero, se puso a pintar, mezcló varios ingredientes como zumo de raíces, de plantas, de bayas, arena, polvo etc. segón el color elegido. Con un pincel de crin de caballo pintó el cuerpo de color marrón claro, mientras los ojos y la boca los dibujó con una pluma de oca puntiaguda. Dentro de tres días llegaba Navidad, tenía justo el tiempo para dejar secar bien la pintura. “�Qué bonito, qué maravilla!” exclamó, admirando su obra por todos lados.
Por fin, llegó el día tan esperado: Nochebuena. Por la tarde su mujer decoró el áimgrbol de Navidad con velas, bolas de vidrio, pequeñas manzanas rojas y bizcochos en forma de estrellas, hechos con sus propias manos. Por óltimo, el joven papás colocó su regalo bajo el árbol, admirándolo una vez más y cerrando la puerta tras de él. Toda la familia se sentó a la mesa gustando la cena, que segón la tradición era una oca rellena. Acabado de comer, oyeron un tintinear de campanillas. El hijo se puso nervioso, se dió cuenta de que había llegado el Niño Jesús. Todos juntos, lentamente se dirigieron hacia la sala de estar y... �qué esplendor! El árbol decorado, las velas encendidas, el belén de madera con todos sus personajes y... �hay más! “�Mira, chiquito, mira bien, qué ves?” preguntó el padre. El muchacho se paró frente al árbol, inmóvil buscó con sus ojos azules por todos lados, a ver si podía descubrir algo para él. Sin duda, le gustaría un juguete nuevo, un juguete grande, un caballo como el de su padre. De repente, su mirada se quedó con un detalle muy interesante; incrédulo se adelantó unos pasos y soltó un grito de felicidad! Su juguete tan deseado, un caballito, tal y cual como el de su papá... fuerte, majestuoso, de Frisa!

E.Z.

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